Cuando los aerodeslizadores se asomaron al impecable cielo, dejando tras ellos un horrible rastro de humo, también lo hizo el dolor, la pérdida, la destrucción.
Todo el cielo, que antes había sido de un indestructible color azul, acogió explosivos en el aire, que se deslizaban lentamente entre la lluvia, intentando causar tantas lágrimas como les fuese posible.
Gritos ahogados, sonrisas deshechas.
Ese mundo que años atrás parecía el ideal, el definitivo, quedó derrumbado. Pese a los débiles intentos de la población para sacarlo adelante, ya estaba demasiado destruido. Solamente un milagro podría acabar con las explosiones finales, completamente inevitables. Y, como todo el mundo sabe, o como mínimo los más realistas, los milagros no existen.
Y, aunque ese final fuese completamente típico de los libros distópicos que tantos jóvenes admiraban, esta vez los explosivos, los gritos y el terror eran reales. Lo eran tanto como las pérdidas, el rencor, el olvido.
Aun así, la gente aún luchaba por sobrevivir, pese a que sabían que solamente los más desafortunados lo conseguirían. Sí, desafortunados. Personas que tendrían que afrontar que todo lo que creían conocer de su mundo ya no existía, que tendrían que intentar sacar adelante nuevas generaciones, que necesitarían aprender a vivir pese sus pesadillas y su añoranza.
Mientras los más optimistas sospesaban la mera opción de poder sobrevivir con todo eso, los explosivos continuaban cayendo, el fuego seguía ardiendo y los ruidos no cesaban; los gritos y llantos eran cada vez más insoportables.


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